El Alto Valle es una zona reconocida internacionalmente por su producción de frutas frescas de pepita. Esta condición de producto de exportación está asociada, a través de la demanda y los precios, con aquel de origen orgánico. No obstante, esto, la fortaleza de este tipo de producción redunda en beneficios locales, a través de la mejora de las condiciones a las cuales se ve sometido el medio ambiente y, particularmente este caso, los suelos, aumentando la calidad de los mismos.
Los cultivos que se dan en el Alto Valle de frutales de pepita, con peras y manzanas principalmente y de ca-rozo secundando, se asientan sobre suelos de origen fluvioglaciar, con texturas y características químicas que varían a lo ancho del mismo. Distintos materia-les se fueron depositando en forma paralela por el río Negro, conforme éste se fue retirando hacia la mar-gen sur y cauce actual. Se trata de una región que, bajo clima semiárido frío, debe su riqueza a la posibilidad de riego, prevalentemente por manto, en virtud del cual los suelos han sufrido grandes movimientos buscando ser nivelados. Dos formas básicas o sistemas de producción se pueden reconocer, convencional y orgánico. En este caso se hará la diferenciación de acuerdo al tratamiento que cada sistema le da al suelo, salvando la temática sanitaria.
En el primero se utiliza como herramientas de labran.za la rastra de discos y eventualmente el cincel, las cuales generan dos inconvenientes, la desnivelación y la compactación o formación de capas densifica-das por debajo de la profundidad de trabajo debido al peso de la maquinaria. Esto provoca además la pérdida por oxidación de la materia orgánica, fuente de fertilidad química y física. Una distinción importante que surge de este modo de labrar el suelo, es la ausencia de raíces frutales en los primeros 10 cm. Por otro lado, en el manejo orgánico se utiliza solo la labranza vertical, con el uso de cincel para descompactar, pues se prioriza la existencia de cobertura permanente. Así se ayuda a conservar y aumentar progresiva-mente la cantidad de materia orgánica, manteniendo la potencialidad de una fertilización natural y continua. Esto, en contraste con el manejo convencional, favorece el desarrollo de una mayor y distribuida cantidad de raíces frutales en el estrato superficial del perfil. Existen también diferencias en cuanto a fertilización en estos sistemas: mientras en convencional se aplican fertilizantes químicos de rápida liberación de nutrientes con los riesgos que esto conlleva, de rápida pérdida por lixiviación de nitratos hacia la capa freática y consecuente contaminación; en orgánico se hacen aplicaciones solamente de guanos y/o fertilizantes orgánicos enriquecidos con minerales de lenta disponibilidad.
Las diferentes formas de manejar el suelo y el impacto que posee la producción convencional de alimentos han generado preocupación por minimizar la degradación del recurso y lograr una gestión sostenible de aquel que tiene un uso agrícola. Esta situación ha llamado a una renovada atención por determinar la calidad del suelo y su evolución.
Siendo el suelo un recurso no renovable y las áreas bajo riego susceptibles a la degradación física y química en caso de no adoptarse medidas conservacionistas, las diferencias de manejo y los riesgos que generan los mismos plantean una oportunidad para lograr una herramienta que permita discernir cuáles son aquellas tareas que posibiliten mantener el recurso suelo. Bajo este contexto se buscó tener conocimiento de las características edáficas modificadas por manejo en el Alto Valle de Río Negro, de cara al futuro y bajo el paradigma de producción sostenible, pues es una zona sobre la que se centran expectativas por su producción intensiva, y por tener sus suelos sometidos a grandes aportes de agua de riego, lo que hace necesario el control de su evolución.
Es así que se trabajó en la búsqueda de aquellos indicadores de sostenibilidad de los suelos frutícolas, que, por ser plantaciones perennes, confinan las labores al mismo espacio durante el tiempo de vida del monte. Estos indicadores son características conocidas del suelo, aunque capaces de manifestar cambios en el corto plazo como consecuencia del manejo realizado y que pueden dar noción de su calidad, entendiéndose calidad del suelo en términos agronómicos como la “capacidad o aptitud de un suelo para soportar el crecimiento de un cultivo sin provocar la degradación del mismo o el daño del ambiente”. Hoy el Alto Valle, luego de aplicar una serie de criterios de selección de indicadores, cuenta con un Índice de Calidad de Suelos (ICS). Se trata de un valor que caracteriza el estado de calidad de suelo resultante del manejo adoptado por el productor. Está compuesto por ocho indicadores, cuatro físicos y cuatro químicos.
Como cada uno de ellos tiene distintas unidades de medición sus valores, ya sean obtenidos a campo o en laboratorio, son trasformados a través de curvas o tablas derivadas de éstas, a un rango comprendido entre cero a uno, por lo que ahora todos tendrán un valor acotado a un pequeño rango libre de unidades. El valor cero (0) se corresponde con condiciones, para cada indicador, que limitan el desarrollo y crecimiento del cultivo, en tanto que el valor uno (1) será el que, de acuerdo a los requerimientos del cultivo, se presenta como óptimo. Estos ocho valores de campo y laboratorio ahora transformados a valores entre cero y uno adimensionales, se pueden vincular en forma equivalente. En este caso se eligió sumarlos para formar ese único valor, el índice de calidad, que caracteriza a la chacra y su manejo. Si el valor mínimo para todos los indicadores es cero, y si todos valieran cero, el ICS también valdrá cero y este es el mínimo valor que puede presentar; de la misma forma, si uno es el máximo valor que cada indicador puede mostrar, el ICS que resulta de la suma de los ocho indicadores será ocho
